
La soledad nació conmigo. Ella es la sombra invisible que siempre acompaña a las almas que no van a ser queridas, respetadas ni valoradas en el transcurso de sus vidas terrenas. Es el negro velo de novia que cubre la tristeza existencial de un ser marcado por su destino.
Desde niño, y durante años y años, no he dejado de intentar una y otra vez nadar desesperadamente hacia la superficie, para conseguir mantenerme en la línea del horizonte. Allá donde, algunas veces, veía brillar el sol. Extendía mi mano a quienes se cruzaban o aparecían por mi perdido rumbo, con la esperanza de que “alguien” me abrazara y me salvara de las aguas agitadas por los vientos de las malas experiencias que, día a día, ahogaban mi necesidad de amor, mis renovables esperanzas y mi capacidad de subsistir.
Pero en el largo recorrido de mi tiempo, siempre me reencontraba con ella: con mi soledad.
Puedo suponer que mi historia fue escrita con plumilla de cuervo negro y con tinta del calamar de las profundidades desconocidas y sin luz de los despeñaderos que esconden el fondo de los océanos. O que fue fruto de la inspiración de un diablo retorcido y tuerto rencoroso y en deuda con el mundo. Siempre podemos imaginar pero, la verdad, es tan desconocida para nosotros como lo que nos espera detrás de la frontera de la muerte.
Este es uno de esos momentos exactos en que, como otras veces, me veo obligado a convivir con mi soledad. Conversar con ella, adaptarme a ella, silenciarme con ella y sentirme amado tan solo por ella. Nació conmigo y morirá conmigo. Y juntos emprenderemos unidos el camino de la eternidad. Amenos claro, hasta cuando mi Tesoro regrese hasta que mi Flor este frente mío, mientras tanto tu serás mi única compañera y a ti te mostrare todos mis recuerdos que guardo de esa Flor de Aceituna, para así poder sentirme amado… no acabes conmigo Soledad… no acabes con tu compañero… pues yo no lo permitiré…
(no olviden pasar por el area de videos)
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